Por Marisol Mateo.-
Antes, los hijos soñábamos con crecer para estudiar, trabajar y ayudar a nuestros padres.
Queríamos ser un orgullo, un apoyo, una mano que devolviera todo lo que nos dieron.
Soñábamos con comprarles una casa, con aliviarles la carga, con decirles: ahora me toca a mí cuidar de ti.
Hoy, muchos jóvenes se gradúan, trabajan, ganan buen sueldo… pero compran carros caros, ropa de marca, celulares de lujo, se van de viajes con su pareja y no tienen para pagar una renta.
Se quedan en casa de los padres y también muchas veces agregan a su pareja, entran y salen y están viviendo como en un hotel: comida lista, ropa limpia, cama arreglada… sin aportar, sin agradecer, sin sentir responsabilidad.
No es que el tiempo haya cambiado… es que los valores se han ido quedando atrás.
Antes queríamos ser sostén.
Hoy muchos solo quieren comodidad y cero responsabilidad.
No es justo que quienes ya dieron su vida entera
carguen de nuevo con lo que ya no les toca.
Los padres no nacieron para ser refugio eterno,
sino para enseñar a volar.
Hay quienes son libres para gastar, pero dependientes para asumir.
Adultos en edad… niños en responsabilidad.
Tendrán muchas cosas, muchos lujos, muchas apariencias,
pero sin gratitud, sin conciencia y sin empatía, todo eso es vacío…
porque una vida sin valores es una casa llena de cosas,
pero sin alma.

