Por Esmirna Gómez.-
SANTO DOMINGO. La Catedral Primada de América volvió a convertirse este domingo en el punto de encuentro de la Iglesia dominicana. Frente al altar mayor, bajo la mirada de los santos Pedro y Pablo, los obispos del país iniciaron la 64.ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Dominicano (CED), un espacio de oración, discernimiento y decisiones que marcará el camino pastoral de los próximos tres años.
La celebración eucarística fue presidida por el nuncio apostólico en la República Dominicana, monseñor Piergiorgio Bertoldi, acompañado por los obispos de las diferentes diócesis del país. La misa, celebrada en la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo, fue ofrecida por el ministerio del papa León XIV, por los frutos de la Asamblea y por el pueblo de Venezuela.
Mientras avanzaba la liturgia, quedaba claro que no sería una homilía dedicada únicamente a la solemnidad del día. Desde el ambón, el representante del Santo Padre llevó la reflexión hacia los desafíos que enfrenta la sociedad dominicana y el compromiso que tienen tanto la Iglesia como quienes ejercen responsabilidades públicas.

Tomando como punto de partida la pregunta de Jesús: «¿Y ustedes, quién dicen que soy yo?», monseñor Bertoldi recordó que esa misma interrogante continúa resonando en la vida de la Iglesia y en la conciencia de quienes toman decisiones que repercuten sobre millones de personas.
Su mensaje giró alrededor de una idea constante: ninguna sociedad puede construirse de espaldas a la dignidad humana. Explicó que toda ley, toda política pública y toda acción de gobierno encuentran su verdadero sentido cuando colocan a la persona en el centro, especialmente a quienes viven en condiciones de mayor vulnerabilidad.

El nuncio apostólico defendió el valor de la vida desde la concepción hasta la muerte natural y recordó que una nación demuestra su grandeza no por el crecimiento de sus cifras económicas, sino por la forma en que protege a los más débiles: los niños por nacer, los ancianos, los enfermos y las familias que enfrentan la pobreza en silencio.
La crisis migratoria también ocupó un lugar importante en su reflexión. Señaló que el fenómeno exige respuestas responsables que respeten la ley, pero que nunca pierdan de vista la dignidad de las personas obligadas a abandonar sus hogares en busca de mejores oportunidades.
No dejó fuera los retos que plantea el acelerado desarrollo tecnológico. La inteligencia artificial, la bioética y los cambios que experimenta el mundo, afirmó, obligan a fortalecer una cultura donde la persona siga siendo el centro de toda decisión y no un simple dato dentro de un sistema.
En otro momento de la homilía, dirigió un mensaje a quienes ocupan espacios de liderazgo en la vida pública. Los exhortó a abandonar el lenguaje que divide y alimenta la confrontación, recordando que la firmeza de las ideas nunca debe convertirse en desprecio hacia quien piensa diferente.

La jornada también marcó el inicio de una Asamblea en la que los obispos elegirán al nuevo presidente de la Conferencia del Episcopado Dominicano, así como a los integrantes de las Comisiones Nacionales de Pastoral, las Comisiones Episcopales y las Comisiones Especiales que conducirán el trabajo de la Iglesia durante el próximo trienio.
Con la bendición final comenzó oficialmente una semana de encuentros, deliberaciones y decisiones. Entre el silencio de la oración y el diálogo pastoral, los obispos dominicanos buscarán definir el rumbo de una Iglesia que, según quedó expresado durante la celebración, quiere seguir caminando junto a su pueblo, atenta a los desafíos de este tiempo y comprometida con la defensa de la vida, la justicia y el bien común.

