Por Orlando Pimentel. –
En medio de los aplausos, los cantos y la solemnidad que envolvió la ordenación episcopal de Mons. Manuel Antonio Ruiz de la Rosa, primer obispo de la nueva Diócesis Stella Maris, hubo un instante que conmovió a todos los presentes: el abrazo de Mons. Faustino Burgos Brisman al recién ordenado obispo.
No se escuchó lo que Mons. Burgos le dijo al oído. Nadie logró captar esas palabras reservadas, pero la carcajada sincera y espontánea de Mons. Ruiz bastó para llenar el momento de significado. A veces, los gestos dicen más que los discursos, y aquel abrazo pareció hablar el lenguaje universal de la alegría, del afecto fraternal y de la complicidad entre quienes comparten el mismo llamado de Dios.
Fue un momento breve, pero profundamente humano. Entre la solemnidad de los ritos, aquel toque de risa mostró que la gracia también se expresa en la sencillez y en la cercanía. “Pude percibirlo”: allí no había jerarquías, sino hermanos. Un obispo que abraza a otro, reconociendo en él, el peso y la belleza del ministerio que comienza.
Quizás Mons. Burgos no necesito decir palabras. Tal vez bastó la mirada, el tono del abrazo o una frase al oído que provocó aquella sonrisa luminosa de Mons. Ruiz. En cualquier caso, el mensaje fue claro: la alegría también es signo de fe.
Así, entre risas y bendiciones, nació la Diócesis Stella Maris. Un nacimiento marcado no solo por el rito y la historia, sino por la ternura de un gesto que quedará grabado en la memoria de quienes fueron testigos. Porque en ese abrazo, sin micrófonos ni discursos, se escuchó la voz más pura del Evangelio: la del amor fraterno que une a los servidores de Cristo.
Y yo, Orlando, al escribir esta nota, confieso que me quedé con la curiosidad de saber, qué le dijo Mons. Faustino a Mons. Manuel.? Tal vez algún día lo sepa… o tal vez no haga falta, porque la sonrisa del nuevo obispo ya lo dijo todo.

